Hoy, 25 de noviembre, recordamos un año más una de las peores debilidades de nuestra sociedad y uno de los legados que nos ha dejado nuestro pasado: la violencia de género. Debemos recordar que no se trata de un fenómeno nuevo, sino transformado, y que para mi satisfacción, ha dejado de ser aceptado socialmente para ser rechazado con la más ferviente y legitima de las voces: la del pueblo.
Y no solo me atrevo a condenar por activa y por pasiva cada una de las victimas de esta lacra social, sino que deseo condenar y repudiar a todas aquellas personas que utilizan este problema con fines personalistas y totalmente ilegítimos, como podría ser alegar un falso maltrato como forma de conseguir una custodia de un menor o como amenaza para conseguir un nefasto fin. Y aunque no se lo crean, cada día esta más de moda querer ser una persona maltratada, un acto que me provoca el más frío de los horrores y el más profundo de los ascos, que además de ser un total desgarramiento de la justicia, es la más terrible falta de respeto a las personas verdaderamente maltratadas.
Y atención a mi discurso: digo personas y no mujeres, pues yo soy de esa minoría que piensa que, aunque sea un sector minoritario de la población, existe el hombre maltratado, el cual está totalmente desamparado tanto institucionalmente como judicialmente. Pero sobre este tema ya hablaré en otra ocasión.
Y sin más dilaciones, grito: NO A LA VIOLENCIA

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